SVANETI, LAS MONTAÑAS SIN LEY

Kakha espera al final del túnel que une el patio y Rustavi. Al final seremos solo dos. Cambio de planes en el último momento. Supongo que no ha visto muchas mujeres al volante de un todoterreno. Cuando llego a su altura me dice que no me preocupe por los elevalunas.Lo cierto es que parecen tener vida propia. Se rasca la barba y sin esperar a que me incorpore al tráfico de Tiflis desaparece entre mujeres vestidas de negro y adolescentes disfrazados de raperos de la MTV. A medida que me alejo de la ciudad el caos empieza a calmarse. Ya no hay anuncios de Vodafon ni taxis conducidas por clones de Raikkonen. Los Mercedes dejan paso a las Ford Transit y a los restos de lo que una vez fueron fábricas. La antigua factoría Sukhoi se extiende en silencio, en ruinas, como un espectro, durante 5kms. Acerías, escoriales, montañas de escombros. Cementerios de un imperio.

A 40 kms de Poti giro hacia el Norte, en dirección a Zugdidi. Son 130 kms hasta Mestía por una antigua carretera soviética. En Mestía hay un aeródromo pero el valle es estrecho y solo llegan helicópteros y pequeños biplanos de carga An-2. Si los americanos quieren ampliar el aeródromo – y quieren – todos los materiales tendrán que subir por esta ruta. La carretera asciende lentamente al borde de precipicios, entre pasos ganados a la roca a golpe de pico por los invitados  del Gulag: alemanes capturados en Stalingrado o Praga, gentes de todos los rincones de la URSS y zeks culpables de los delitos más repugnantes. Cuando terminó el Gulag aquella carretera volvió al olvido

Y de pronto, casi a las puertas de Khaisi, me encuentro con una patrulla de militares rusos. Hay más sobre la siguiente curva. Se ocultan entre la vegetación, con la carretera como campo de tiro.  Me hacen señas para que me acerque. Somos turistas. Y tontitos. Toca sonreir y preparo los pasaportes.

– Ispanetc? Armianka? – me pregunta al ver mi apellido.

– Georgiano? – le respondo.

– Ruski, Ruski – se apresura. Como si hiciera falta aclararlo.ВДВ. Se vuelve hacia el resto de la patrulla y grita que somos españoles. Preguntan por Enrique Iglesias. Lo que me faltaba. Dónde aprendí ruso, cómo son los sueldos en España, si tengo una hermana, porqué conduzco yo. El típico interrogatorio policial. La mayoría son de Daguestán y tienen un acento terrible. En el metro de Moscú los apalean pero aquí son la vanguardia de la madre Rusia. Nos invitan a té y nos tomamos té. Barça o Madrid. Definitivamente el futbol es el mejor salvoconducto. Al cabo de un rato volvemos al coche. La alegre muchachada de Putin queda atrás entre promesas de volver a vernos en Barcelona. Están locos estos romanos.

Apartir del desvío deLukhi la carretera se convierte en un lodazal. Es época de deshielo y el precipicio que tengo a mi derecha no  tranquiliza. Charco, barro, charco, más barro, otro charco. Uno profundo y el siguiente más profundo. A lo lejos, de curva en curva, veo 2 camiones que también ascienden. Un URAL 6×6 remolca  otro más pequeño, un GAZ, que tiene casi tantos problemas como yo. Desde la ventana me hacen señales para que adelante y saludo con el claxon al pasarles. La subida empieza a parecer un trial en barro. Es un esfuerzo enorme y cada kilómetro cuesta una eternidad.El coche se atasca, marcha atrás, vuelta a intentarlo, gas. Una vez. Dos veces. Siete veces. Y de pronto el barro me vence y pierdo el control. El coche sale disparado al precipicio. Piskome gira el volante y el coche se estampa contra el talud interior. Milagro en el último segundo. La rueda izquierda reventada y el coche enterrado hasta el capó. Me tiemblan las piernas y no es el frío. Pero estamos vivos.

Desatascar un coche enterrado en un metro de barro, en una ruta de montaña perdida en el Cáucaso,  en marzo, anocheciendo  y después de estar a punto de caer por un barranco no parece el mejor de los planes. Pero aquí no hay RACE. Ni asistencia técnica. Y al león de los seguros ni se le espera. Nos queda la pala.Una hora después volvemos a tener cuatro ruedas, los pies helados y barro hasta las orejas.Una hora más tarde tenemos compañía: los dos camiones que subían nos han alcanzan. Hemos colocado troncos y ramas bajo el coche para mejorar la tracción pero ya empezaba a pensar en un buen fuego y refugio para la noche porque el Isuzu no se mueve de la zanja. Los camioneros de Svaneti nos enganchan y el morro empieza a girar hacia Mestía. Parecemos un trenecito: El URAL tira del GAZ y el GAZ del Isuzu. Abren roderas tan profundas que hay tramos en los que mi camioneta simplemente se desliza sobre la panza.Me dejo llevar. La mujer de Vazo, el conductor del GAZ, nos recibe a la puerta de su casa. Estamos en Letali, a 10 kms de Mestia. Me coge de los hombros para meterme dentro. Nos descalzamos y atizan el Печ. Qué gran invento.Cuando en Armenia se acabó el gas, el petróleo y la electricidad volvieron las estufas de leña. En los pueblos, en las ciudades, en los bloques, en los colegios. Sputniksy  estufasde leña: grandes logros soviéticos. Aquí nunca llegó el gas y el Печ es estufa, cocina y centro de la casa. Los hombres – Vazo, Timur y Spartak – y los invitados -Pisko y yo – en la mesa. La mujer de Vazosirve. No prueba la comida ni dice palabra. Comienzan los brindis. Alguien alza el vaso de vodka, baja la mirada a la mesa y comienza la Tamada. El primer vaso se bebe por el padre Dios. El segundo por el hijo, Jesús. El tercero por San Jorge. Luego se brinda por los que ya no están. Después por los que vendrán. Y por la familia, los amigos, la fortuna… Esta vez el brindis corresponde a Vazo:

-Bebe, Ani, porque hoy estás viva y tienes que celebrarlo.

Bebemos. Es la tercera botella de vodka.Hablan de la montaña, del invierno, de los rusos, de los georgianos.Timur, el conductor del URAL, nos dice que cuando vieron el coche pensaron que iban a sacar nuestros cuerpos de allí.

-Si los encontramos – remata. Nos cuenta historias de niños-guerrilla que desvalijan viajeros. De rusos que huyen de la cárcel y que terminan en aquel valle en el que no rige la ley georgiana ni la de ningún otro país. Ahora hay mucha actividad en Mestía. Quieren reparar el aeródromo y están construyendo edificios para el gobierno, hoteles… Son optimistas.

A la mañana desayunamos junto a la estufa y Vazo nos acompaña hasta Mestía.No sé si tiene curiosidad o viene de escolta pero conoce a todo el mundo y todo resulta muy sencillo. No hay camino más allá de Mestía hasta que el verano seque las pistas. Ni rastro de los americanos. Contacto con Tiflis y me dicen que vuelva. Y cuando volvemos el coche decide morirse. Todo el pueblo pasa a mirar bajo el capó y cada uno tiene su teoría: batería, generador, bomba de gasoil, inyectores, los coches modernos no son como los de antes… Somos la atracción del momento. El mecánico del pueblo es un ucraniano joven con asuntos pendientes en su país. Si fuera UAZ…. Al atardecer Timur llega con su URAL. Deciden montar el Isuzu sobre el camión para bajarlo a Zugdidi. Lo empujan sobre un montículo de tierra que hará las veces de rampa. Hay más de 20 hombres empujando. Y cuando consiguen subirlo empieza a nevar.

Esta noche dormiremos en casa de Timur. Durante la cena le pregunto por una fotografía coloreada, como de otro tiempo, que cuelga junto al reloj. Fieles a las viejas tradiciones aquellos hombres no ocultan a sus muertos.Era su hermana.  A ella y a su padre los mató a hachazos un hombre huido de Rusia al que acogió en su casa y que trabajaba talando árboles en el bosque. Timur estaba de viaje con su camión y cuando regresó el resto del pueblo ya había enterrado a su padre y a su hermana. Al asesino le aplicaron la ley de Svaneti y también lo enterraron en algún lugar.

Timur nos dice que esperemos. Ha estado nevando toda la noche y hace mucho frio. Nos acurrucamos en la cabina del URAL. Al rato, entre las luces del amanecer una familia se acerca. Van a la ciudad y no se les ha ocurrido mejor transporte que nuestro Isuzu. Trepan por el camión y se meten en el coche sobre la caja del camión a más de 2 metros y medio del suelo. Increible. Timur arranca y en cuanto el URAL se adentra en los primeros barrizales bajo la nieve el Isuzu empieza a deslizarse hacia la nada. Paramos. El coche tiene una rueda fuera de la caja y los cuatro pasajeros bajan corriendo del coche. Deciden esperar una oportunidad mejor para bajar a la ciudad. Tensamos las cadenas con barras de hierro y Timur clava maderas para que hagan de tope a las ruedas. Retomamos la marcha. Salvo para camiones como el de Timur la carretera es imposible en este tiempo. Y en ocasiones el URAL tiene que esforzarse para abrir camino en el barro, la nieve y los desprendimientos de la montaña. Al cabo de 2 horas de descenso me duele el cuello de mirar hacia atrás temiendo que el coche ya no esté allí sino al fondo del valle. Pero milagrosamente el coche sigue con nosotros. En un par de ocasiones hay que bajar del URAL para abrir paso. Por turnos – más ellos que yo – reventamos a martillazos una roca que ha caído durante la noche y cierra el camino. Es demasiado alta para pasar por encima y la carretera es demasiado estrecha para esquivarla. El regreso a la civilización, 130 kms, nos lleva 12 horas. Timuraparca en la estación. Es el único lugar donde podemos descargar el coche. Nos despedimos con un abrazo muy fuerte. Hablo con Tiflis para que nos envíen otro vehículo y un hombre se acerca para invitarnos a cenar Xingali en el restaurante de la estación:

-Este no es país para andar solos – explica.

Svaneti, Marzo 2007

Ani

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