Bushcraft

AHORA LO LLAMAN BUSHCRAFT

Cuando me preguntan cómo empecé en esto que ahora llaman bushcraft siempre pienso en la primera vez que acompañé a los hombres de mi pueblo al bosque. Desde finales de noviembre hasta finales de febrero el colegio cerraba porque nada ni nadie podía calentar las aulas, así que nos mandaban a casa. En diciembre los hombres subían al bosque para talar los árboles con los que se construiría un tejado nuevo o un granero en verano o con los que nos calentarían el invierno siguiente. Mi abuelo decidió que en aquella ocasión podía acompañarlos. Mi trabajo consistía en hervir agua. Era el trabajo más ligero, incluso más ligero que cuidar las herramientas, pero nunca conseguía la leña suficiente para la estufa, una cisterna de agua del tipo Titán. En todo el día no había un instante en que sintiera calor. La piel de los dedos, rosa encendido, se volvía quebradiza y cualquier arañazo la rasgaba. Llevaba los dedos envueltos de forma permanente para evitar las heridas más que para protegerme del frío. Ni siquiera lograba que el agua rompiera a hervir a tiempo, antes de la comida. Pero nadie prestaba atención a si el agua hervía o no. El invierno nos había enseñado a distinguir el agua de beber sólo por la temperatura. Era caliente o fría.

Bushcraft

Porque en eso consiste el bushcraft. Las cosas sencillas, las que hacen posible que los hombres trabajen en el bosque con sus manos. Hervir el agua para calentarse con el saber del té y un azucarillo entre los dientes. La sierra que proporciona madera para reconstruir el tejado que hundió la nieve, el hacha que nos da leña con la que calentar la casa, el cuchillo con el que se crea un campamento en medio del bosque. Pero si el bosque es el olor a resina el bushcraft es, sobre todo, el olor a humo que llena la ropa de los que se apretujan alrededor de la hoguera para permanecer calientes cuando cae la noche y el viento sube helado. El bushcraft es lo que los hombres sencillos hacían para seguir adelante en sus sencillas vidas. Entonces ni siquiera se llamaba así porque para quienes lo practicaban sin saberlo aquello tan solo era su día a día.

El bosque se extendía en las montañas, rodeando nuestro minúsculo campamento. Los hombres salían antes del amanecer y yo les seguía. Casi no podía ni arrastrar los pies. La distancia que separaba la zona de trabajo de la tienda parecía infinita y en el trayecto me sentaba varias veces para descansar. La sierra de dos mangos que llevaba a rastras agarrándola de uno de los extremos, me parecía una carga insoportable.

Bushcraft

Ahora la carga me resulta menos insoportable. Quizás yo he crecido y las herramientas se han aligerado. Hachas de acero sueco han sustituido las viejas y pesadas hachas forjadas con restos de viejas máquinas abandonadas. Botas de cuero y dos tallas más grandes que mis propios pies se han convertido en botas de Gore-Tex a prueba de agua. Los pesados abrigos de  lana de oveja que llamábamos dublionka han dejado paso a cortavientos de polímeros sintéticos tan ligeros y delicados como nosotros mismos. Pero también parecen a punto de irse los viejos conocimientos. Ya nadie recuerda que la sabia del abedul proporciona un agua dulce en marzo con solo rasgar su corteza. Apenas se entiende que una caja de cerillas era un tesoro precioso que había que conservar con el cuidado de un avaro para no malgastarlo en cada intento de hacer fuego. Ahora, cuando los cuchillos son otro objeto de colección mas, resulta impensable que una simple navaja de fricción fuera suficiente para toda una vida en la montaña. Aquellos que tenían tan poco, sabían tanto y se esforzaban tanto que hoy nos consideramos aventureros atrevidos por solo imitar lo que ellos hacían cada día, cada semana, cada invierno.

Bushcraft

Por eso siempre me siento en deuda con quienes fueron mis maestros con solo su ejemplo, con su esfuerzo. Mi abuelo, callado, siempre callado, con sus manos de cuero curtido por el trabajo continuo con herramientas a las que ningún jabón del mundo era capaz de devolver su color natural.  Mi abuela, tan orgullosa de su trenza dorada, que contaba historias de sus abuelos mientras amasa pan para una semana.

Ellos, mis abuelos, nuestros mayores, son los que llenaban los pueblos que ahora se sienten tan vacios. Los que vivían y cuidaban el bosque que ahora nos parece ajeno. Ellos sabían lo que era el bushcraft precisamente porque ni siquiera conocían la palabra bushcraft.

Recuerdo que mi abuelo siempre llevaba en su guerrera una punta de lápiz de grafito y un cuaderno de notas. La huella que deja el lápiz de grafito es eterna. El corte se realiza con cuidado. En el tronco del alerce, a la altura de la cintura, se trazan dos muescas con la sierra o con el cuchillo y con el hacha se desprende un trozo de árbol para dejar un sitio donde apuntar.  Se forma un tejado contra la lluvia, de forma que la inscripción queda para el próximo invierno, para siempre, hasta el final de los cientos de años que el alerce vive. La marca se realiza en la fresca sabia del árbol herido, que destila resina a modo de lágrimas. Y  el ligero y delicado olor de la resina, el olor de la sangre herida por el hacha, regresa a mí como el olor de la infancia. Puede que en realidad el bushcraft sea exactamente eso, el olor de la infancia.

 

 

El bosque, Enero 2020

Ani

Ani4x4
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